‘Blesa en la SER’, opinión de Javier Astasio

/ 10 febrero 2015
No, no penséis que quien saqueo Caja Madrid va a ser entrevistado en cualquiera de los programas de la que en tiempos fue mi casa, en la que durante tantos años fue casa y escuela del mejor periodismo radiofónico, no. Lo que quiero decir con este título es que los métodos y las maneras de Miguel Blesa hace ya tiempo que se han impuesto en la Cadena SER y que, de la mano de personajes que, como Juan Luis Cebrián, son capaces de decretar un ERE detrás de otro mientras se suben el sueldo un 35% y «dotarse» de un bonus de jubilación, con el que se pagaría sobradamente la nómina de la redacción de informativos de la cadena, estrellas aparte, durante todo un año. Métodos que van encaminados a desmantelar una redacción que fue prestigiosa y eficaz y a abaratar el precio de una marca, Cadena SER, que hace ya tiempo busca comprador para llevar dinero a los agujereados bolsillos de quienes heredaron el prestigioso imperio mediático que fue PRISA, apenas ya imperio y con menos prestigio cada día que pasa.
Ayer supe del despido de siete compañeros de la redacción de la ser y alguno más del cuerpo técnico y supe de ella a través de llamadas y mensajes de compañeros, porque yo, que continuamente sigo la programación de «la radio», no me había enterado porque, «naturalmente», quienes continuamente nos informan de eres en Coca Cola, de desahucios de viviendas, siempre que no estén implicados en ellos los bancos acreedores de su deuda, de carencias e injusticias, en fin, nada dijeron de estos despidos injustos y salvajes, en los que el perfil de las víctimas lo marcan que el salario fuese el justo premio a la antigüedad y la experiencia, junto al criterio profesional y la autoridad moral de unos profesionales que, en tiempos de docilidades y salarios que hacen añorar el tiempo de los mileuristas, convierten a quienes saben y no se dejan manipular en un estorbo para el uso que quienes detentan hoy el poder en la radio pretenden hacer de ella.
Es tal la inseguridad y el miedo que estos tipejos han sembrado en esa redacción martirizada que ya no queda nadie capaz de elevar su voz para protestar por «masacres» como la de ayer, que el único que tuvo la gallardía de hacerlo, sabiendo como las gasta la empresa que censuró para siempre jamás a la concejal socialista Matilde Fernández, por oponerse, ya en tiempos de Zapatero, al pelotazo del que nacieron las cuatro torres de la que fuera Ciudad Deportiva del Real Madrid. Pese a todo, en la sacrosanta Hora XXV, Llamazares denunció ante el micrófono lo que hacía horas había sucedido en la SER.
Quién iba a sospechar que la última reforma laboral aprobada por el PP, la de los veinte días por año trabajado y el despido preventivo, tan criticada en los mismísimos micrófonos de la SER iba a ser, juntos a los fondos buitre, tan denostados en ella cuando se hacen con las viviendas de alquiler social, los instrumentos de «sacas» como la de ayer, en que, después de semanas de terrorismo empresarial, en las que se amenazó con las consecuencias de los «corrillos» en la redacción y los comentarios en los pasillos, se acabó de un plumazo con carreras profesionales que superan los veinte años de media y que han sido reconocidas no sólo por los oyentes, sino con galardones de sus compañeros de profesión o, en el caso de Ana Borderas, con el Premio Nacional de Periodismo Cultural.
Desde aquí os pido a quienes seáis oyentes de la SER que no mováis el dial o apaguéis el receptor, sino que la escuchéis con más espíritu si cabe y que aprovechéis cada resquicio de participación que la SER ponga a vuestro alcance, no ya para pedir que readmita a los despedidos, algo imposible ya, sino para denunciar el deterioro de una redacción en la que nadie corrige ya a nadie, en la que cada vez son menos los que tienen, no ya cultura, sino la más mínima cultura general. Una redacción en la que son pocos los que saben manejar las preposiciones, en la que cualquier palabra o cosa que se salga del ramillete de tópicos provoca asombro, en la que se confunden términos casi del catón, en la que todo, incluso palabras tan españolas y tan de actualidad como «laboral» se acentúan a la inglesa, si van delante se Kutxa, en la que un equipo de Nancy lo parece de una famosa muñeca y no de una ciudad francesa. Una redacción, en fin, en la que el bajo coste, la docilidad y el sálvese quien pueda sean el salvoconducto para encadenar contratos, ahora ya sin Seguridad Social, porque, en ella y después de alguna que otra inspección de Trabajo, el futuro está en hacerse autónomo.
Por todo esto y desde la pena que me da tener que reconocerme como privilegiado por haber sido despedido hace ya tiempo, cuando se respetaban los derechos laborales y no se esperaba a las reformas cuasi esclavistas y a la liquidez que dan los buitres para echar a la calle a los caros y díscolos, me solidarizo con mis compañeros y os digo que Juan Luis Cebrián y su equipo no son mucho mejores que Blesa y su cohorte de saqueadores, porque están acabando con la ilusión con que trabajan quienes aún siguen trabajando en ella y porque están dejando el prestigio de la que no fue sólo líder de audiencia, sino un referente en cuanto a solvencia y credibilidad en el panorama de la información en España.
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