‘El buen paño, en el arca se vende’, opinión de Javier Astasio

/ 20 mayo 2014
Vaya por delante que ni el PSOE ni mucho menos Elena Valenciano son mi opción para las elecciones del domingo. Lo que ocurre es que, después del «selfie» que el viernes se hizo el candidato Arias Cañete, con el tedioso debate a dos como fondo, resaltando todo lo rancio que es su pensamiento y la carcunda que le rodea, todos en el PP se han puesto a bucear en las redes para «chivarse» de cualquier desliz que la candidata haya podido tener en ellas. De momento, ya han encontrado y exhiben como un despojo del  enemigo conseguido en la batalla el tuit de Valenciano preguntándose y preguntando si hay alguien más feo que el magnífico delantero francés Ribery que, desde luego, es cualquier cosa menos guapo.
Lo exhibió Esteban González Pons, ese señor que tanto me recuerda a Manolín, el niño pelota que había en todas las aulas siempre dispuesto a vigilar y denunciar a sus compañeros cuando el profesor se ausentaba, en el debate a seis que la preocupación por mi salud mental me aconsejó no ver anoche, y hoy, cuando he visto la foto en la prensa, lo primero que he hecho es preguntarme que a qué viene el cartoncito. Está claro que subrayar los defectos de los otros no está bien y que hacer escarnio de la fealdad del futbolista con la cara cruzada por una fea cicatriz no es nada edificante. Pero, de ahí a tratar de equiparar la desafortunada broma de Valenciano con el exabrupto machista, repetido hasta tres veces, con el que dejaba claro que, para él y por definición, las mujeres son intelectualmente inferiores a los hombres o, al menos, a él mismo.
Si el personaje de Vargas Llosa preguntaba en su «Conversación en la catedral» en qué momento se jodió el Perú, ni el Partido Popular ni mucho menos Cañete tiene que preguntarse en qué momento se jodió su campaña. Está claro que fue el viernes 16 en un plató de Antena 3, con todo a favor y ante centenares de miles de espectadores.
Desde entonces, el Partido Popular anda empeñado en salvar los muebles y en poner a salvo el escaso prestigio que aún le queda, apelando a datos tan inverosímiles como infumables. Ha sacado de nuevo al «manolín» del que os hablaba, hoy número dos de la lista y, ahora, según parece, única voz autorizada de la candidatura, el mismo Esteban González Pons que, antes de las generales, dijo, sin agarrarse al atril y sin caerse, que se proponían crear tres millones de puestos de trabajo, cuando en realidad a mitad de legislatura, el número de parados ha crecido en cerca de millón y medio. Ha vuelto «Manolín» González Pons y lo ha hecho para decirnos que a España ya la llaman «la Alemania del sur» por lo que crece. Y yo no hago más que asustarme, porque su capacidad para predecir el futuro al revés es de proporciones bíblicas.
También Rajoy, ante el descontrol de su candidato, ha tenido que bajar a la arena de la campaña. Y lo ha hecho para advertirnos que votar a los partidos pequeños es «tirar» el voto, como si haber votado durante tanto tiempo a su partido y a su franquicia para muchas cosas, el PSOE, no lo hubiese sido.
Una y otra cosa, los castillos de fuegos artificiales alimentados con la pólvora de unas estadísticas más que increíbles, los sofisticados chivatazos sobre el hooliganismo de Elena Valenciano, las apelaciones al voto útil de la derecha y la igualdad entre PP y PSOE que revelan, por más que las cocinen, las encuestas, no son más que un alarmante síntoma de que se están deslizando por la pendiente.
Por todo eso, el Partido Popular se empeña en esconder a su candidato, del que sospechan que puede volver a «cagarla» en cualquier momento. Sólo le dejan intervenir en mítines y con papelitos delante, conscientes y temerosos, más que él mismo, de que «como sea el mismo» volvería a liarla. Rajoy que con su escandalosa pachorra justificó la demora en designarle como candidato, diciendo que lo mejor, como el postre, se deja para el final, será capaz de decirnos ahora, con ese «mejor» candidato vilipendiado y con la campaña arruinada que «el buen paño, en el arca se vende, pero no hay que olvidar que esta «pieza» tiene ya un heremoso lamparón. Allá él.
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