‘El cocido de Ciudadanos’, opinión de Javier Astasio

/ 21 mayo 2015
Inventarse un partido no es muy difícil. De hecho a cada convocatoria, sea cual sea su ámbito, se presentan decenas de nuevas formaciones. Unas son obra de iluminados, otras disfrazan los intereses de las «fuerzas vivas» o de los de constructores y/o especuladores, También están as formaciones de los corruptos despechados por sus partidos originales o las de los tránsfugas que una vez catado el poder desmedido que les dan los nuevos socios y «compradores» se niegan a renunciar a él y se «montan» un partido a su medida para seguir subidos al «machito».
Pero existen otros partidos, los que nacen del marketing, los que, en lugar de atraer a los ciudadanos a una idea o in programa, ocupan el espacio dejado por los partidos que, definitivamente, han cansado a sus votantes, aquí cabrían tanto Podemos como Ciudadanos, aunque lo hacen de manera muy distinta.
Tan distinta que uno es un partido desde las bases, nacido de los movimientos surgidos en la calle tras el 15-M y el otro no es más que puro marketing, un partido que da «garantías» a los empresarios y que, en el trabajo de explicar alguna de sus propuestas con detalle, pierden el maquillaje que les cubre y muestran su verdadera piel que no siempre es la que aparentan.
Así como en Podemos o cualquiera de las formaciones que apoya hay personas conocidas y con voz propia, en Ciudadanos es difícil encontrar un nombre distinto al de Albert Rivera, ese señor que hace ocho años pidió desnudo el voto en Cataluña para defender con otras palabras lo mismo que defendía el PP, aunque sólo fuese una leyenda urbana difícil de demostrar cuando, sin prejuicios, se pasan más de dos días en Cataluña, Aun así, el caso es que su mensaje cuajó, al menos allí, y Rivera levaba ya ocho años defendiendo sus tesis en el Parlament de Cataluña con más pena que gloria, cuando, en el momento en el que la aparición de Podemos y su brillante ascenso en las encuestas, iluminó a quien tras fracasar fuera de Cataluña en su primer intento de exportar su marca al resto e España y quedar en dique seco en las últimas elecciones decidió «aprovechar la ola», probando suerte en Andalucía.
Y funcionó. Tanto que sonó la flauta y no por casualidad, porque Ciudadanos, despreciada por lo más granado del parque jurásico de Génova 13, recogió en Andalucía una gran parte del voto aburrido y descontento del PP y algún que otro voto despistado del PSOE, hasta el punto de superar todas las expectativas y convertirle en parte fundamental de la llave del gobierno que pretende Susana Díaz.
Tanto fue el éxito en Andalucía que, como un best seller inesperado que se promociona sin haber imprimido ni mucho menos distribuido ejemplares para la demanda provocada, se lanzó a extender su éxito a municipios y autonomías sin tener siquiera militantes suficientes para hacer sus listas y, claro, sus listas se convirtieron en un coladero para «tapados» o no tan tapados de la ultraderecha xenófoba, quizá atraídos por algunos planteamientos de Rivera respecto a los inmigrantes, a algún que otro imputado atraído por las oportunidades de negocio abiertas ante el poder que sin duda va a tocar Ciudadanos después del domingo, a más de un despistado que no sabía dónde se metía y que, después de conocer lo que iba a tener que defender, decidió renunciar a su candidatura o, sencillamente, como unos cuantos jubilados, conocemos a los que se han atrevido a contarlo, fueron incluidos en las listas sin su consentimiento consciente.
Unos y otros son, según Albert Rivera, garbanzos negros, garbanzos que ya se han retirado, supongo que para no estropear el prometedor cocido. Es lo que pasa cuando se quiere abarcar lo que no se puede apretar, cuando se pesca al arrastre: que entra mucha morralla en la red. Tendremos cocido y, muy probablemente, Ciudadanos repartirá muchas raciones, pero, ojo,  los cocidos son traicioneros. Y más los improvisados y los cocinados por desconocidos. Son traicioneros y pueden resultar más que indigestos, tanto que la digestión del cocido que prepara Rivera puede durar años.
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