‘La luz cegadora’, opinión de Javier Astasio

/ 11 diciembre 2014
Se dice, el perverso y brillante Hitchcock lo decía, que la mejor manera de ocultar algo es ponerlo a la vista, a plana luz, donde todos puedan verlo, que no equivale a donde todos lo vean, algo que aunque le ha costado, el gobierno español, finalmente, ha asumido y ha puesto en práctica abriendo el portal de transparencia, como se comprometió en la ley del mismo nombre aprobada en octubre.
Lo habían visto previamente las grandes democracias del mundo, pero también la mayoría de países de América Latina, a los que habitualmente miramos por encima del hombro, y, en Europa, muchos países que durante la guerra fría estuvieron tras el llamado telón de acero. España ha sido, por tanto, uno de los  últimos países de su entorno en colocarse bajo la luz de la transparencia.
Lo más lamentable quizá es que este paso que, insisto, no acabo de considerar sincero haya sido dado por un gobierno conservador, sumergido además en el pozo de la corrupción como lo está el gobierno del Partido Popular. No lo ha puesto en marcha, ninguno de los gobiernos socialistas, los que más han estado en el poder, algo que le pasará factura, querámoslo o no, en el futuro.
Mucho me temo que esta especie de autowikileaks de la administración tenga entretenida a la prensa de este país entretenida, como la tuvieron los famosos papeles, consultando cuánto gana quién y. si lo que gana es más o menos que el presidente del Gobierno, que por cierto es bastante poco, como si de uno de esas sopas de letras de los pasatiempos se tratase, datos que en, una vez en la calle, apenas dan para una charla en la cafetería o la barra de un bar.
Habrá que esperar a la digestión de todos esos datos para empezar a sacar conclusiones y, cómo no, se hará necesaria la creación de un cuerpo de periodistas especializados en revisar todos es tos datos o, por qué no, la aparición de funcionarios que, como snowdens caseros, purguen y filtren todo lo que de verdad tiene interés para los ciudadanos.
Si digo esto es porque, en medio de la borrasca propagandística que está generando la apertura del portal de marras, se nos olvida que, de los datos verdejamente interesantes y más a cinco meses de la renovación de los ayuntamientos y de la mayoría de las comunidades autónomas, hábitat natural de corruptos y corruptores, no se dispondrá hasta dentro de un año, cuando ya la suerte esté echada, como tampoco debemos olvidar que entre esos datos, como recordó ayer una diputada del PSOE, no figura la declaración de bienes de doscientos altos cargos del Gobierno.
Tampoco están, importantísimos para una verdadera transparencia democrática, los registros de visitas de los altos cargos de la administración, sus agendas y el detalle de sus gastos, lo que hoy mismo nos sigue impidiendo conocer los detalles del afán excursionista del presidente extremeño, José Antonio Monago o los despachos que visitaba el ya atorrante Francisco Nicolás. 
Es evidente, pues, que aún queda mucho por recorrer hasta alcanzar el exigible nivel de exigencia de nuestra administración, mucho para que podamos saber realmente quien influye en nuestro gobierno o cómo y por qué viajan nuestros ministros y altos funcionarios. No lo vamos a saber, al menos de momento, porque todos esos datos se nos ocultan, son como ese vino maravilloso, esos embutidos o esas conservas y delicatesen que se esconden en una alacena secreta, mientras la nevera se puede ver repleta, o no, de los alimentos del día a día, justo los que dan para sobrevivir, aunque no siempre para disfrutar con ellos.
En fin, y yo lo sé bien por mis pobres retinas, nada hay que ciegue más que el exceso de luz para no dejarnos ver.
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