‘Mujeres’, opinión de Javier Astasio

/ 26 mayo 2015
Resulta curioso que los rostros de la victoria y también de la derrota de las elecciones del domingo sean casi todos rostros de mujer. Y eso da pie a que nosotros «los machotes» demos rienda suelta a ese poso de comportamiento sexista que, muy a nuestro pesar, al menos en mi caso, aún llevamos dentro. Lo hemos visto y sin duda lo veremos aún más conforma pasen los días. Y, si no, al tiempo.
Por comenzar por alguien, lo hago conmigo mismo. Yo, como casi todos los que nos hemos educado en el nacional catolicismo, los que, a la vuelta del cole, escuchábamos de fondo los seriales de la radio, tenemos un morbos tendencia a apiadarnos de los que sufren y más si quien sufre es una mujer.
Al menos la cosa era así hasta la noche del domingo, porque os aseguro que no sentí la más mínima piedad por Esperanza -me dicen que ahora es Ex peranza- Aguirre, Rita Barberá, María Dolores de Cospedal, Luisa Fernanda Rudi o Teófila Martínez. No sentí la más mínima traza de piedad y no tuve compasión por ellas. No sé si será porque me estoy reformando o porque eran tantas las afrentas y las cuentas pendientes que había con ellas que lo único que hice fue sumarme al disfrute del regusto que deja la venganza y más su es atrasada y colectiva. 
No sabéis lo que me alegro de no haberme sentido «caballero» ante las damas caídas. No sabéis lo que disfruté con la cara de acelga, con la cara de derrota inesperada que se les puso a estas señoras, acostumbradas a mirar por encima del hombro a sus sumisos colaboradores y a quienes llenados de la emoción que padecen los incondicionales no les dejaron ver la realidad a las pobres. Aunque, ahora que lo pienso no sé, si con esto que acabo de decir estoy cayendo en otra forma de machismo que es la de considerar autoritarias y mandonas a las mujeres que tienen las cosas claras y que en realidad se limitan a ejercer su autoridad desde la firmeza. No sé siquiera si me estaré comportando como como el saliente alcalde de Barcelona, Xavier Trias, para quien la exigencia de Ada Colau, responsable de su derrota, de que deje de firmar contratos millonarios de última hora o su intención de auditar las cuentas del ayuntamiento, le parecen sólo las ganas de ensuciarlo todo de una mujer muy mandona.
Nadie nunca diría de un político, por muy autoritario que sea, que es un mandó, nadie diría que viste así o asá o que va mal peinado. Y sin embargo, de las mujeres, es lo primero que decimos o nos dicen. Baste con recordar la primera entrada en el Congreso de la entonces ministra de Cultura, Carmen Alborch, de la que lo único que pareció importar a los cronistas fue su melena caoba y cómo iba vestida.
Sin embargo, en política, como en cualquier otra faceta de la vida, son muchas y muy brillantes las mujeres que son y que han sido en el mundo y en la machista y patriarcal España, Mujeres como Concepción Arenal, Federica Montseny, Dolores Ibárruri o Carolina Coronado, que tienen y sin duda tendrán continuidad en Ada Colau, Manuela Carmena, Teresa Rodríguez, Mónica Oltra y tantas y tantas otras que ya están o están por llegar a la política española, de las que espero que ya no nos apiademos o a las que dejaremos de considerar mandonas porque, seguro, estarán tanto o más preparadas que sus compañeros. Mujeres que son mujeres en su vida privada, pero que, en la pública, son ni más ni menos que sus compañeros. 
Ada Colau lloró de emoción al comparecer ante las cámaras tras su victoria, la candidata de IU por Madrid, Raquel López, confesó ayer que ha llorado y llorará mucho tras su derrota y, a mi, me encantaría que también los hombres llorasen de emoción o de pena por sus victorias o sus derrotas, que seguro que alguno lo hace, y que, sobre todo, no lo ocultasen para  hacerlo
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