‘No sabría contenerme’, opinión de Javier Astasio

/ 12 diciembre 2014
Qué ganas tengo de que nos llegue cuanto antes la
oportunidad de votar, qué ganas tengo de que Rajoy, sus ministros, su partido y
sus corruptos pasen de una vez a la Historia, qué ganas tengo de que a la
orquesta de periódicos amigos que tocan para Rajoy, mientras se hunde España le
llegue el agua al cuello y los silencie de una vez, que ganas tengo de que
estos todos estos inmorales que nos gobiernan, con el apoyo de la mayoría de
españoles que les dieron su voto, engañados algunos por sus promesas, pero egoístas
e interesados la mayoría, dejen de influir de una vez por todas en nuestras
vidas.
No puede ser que, mientras cinco millones de españoles no
encentran trabajo y los que lo encuentran tienen que someterse a horarios y
remuneraciones más propias de otro siglo o de otros continentes, el presidente
del gobierno de España, el que debería velar por los intereses y el bienestar
de todos vaya por ahí difundiendo mensajes, no ya engañosos, sino directamente
falsos, como si de un flautista de Hamelin dispuesto a atraerse el favor de las
ratas y de quienes tienen cerebro de rata se tratase.
Lo de ayer de Rajoy, diciéndonos que la crisis ya es
Historia, es indignante y lo es porque él es el primero que sabe que miente,
como sabía que mentía cuando dijo aquello de «cruzar» -los cabos se
doblan y, si se cruzan, se cruzan por tierra- el cabo de Hornos de la crisis.
Supongo que lo que dijo ayer, ante ese auditorio de selectos empresarios, se lo
escribieron en los sótanos de La Moncloa los enanitos que trabajan para Pedro
Arriola o el «bien pagao» Jorge Moragas, moldeando el barro de la
realidad en falsos jarrones chinos de fácil venta, pero no me explico cómo no
se rasgaron las cortinas del templo tras sus palabras.
Lo que sí sé es que, cuando me enteré de lo que dijo, corrí
al teclado para mostrar mi indignación, haciendo mía la de los parados, con o
sin subsidio, la de los que trabajan unas pocas horas al mes por una miseria y,
sin embargo, sirven al gobierno para purgar las listas del paro, la de quienes
trabajan jornadas de ocho horas y a veces más y apenas cobran seiscientos
cincuenta euros que no les sirven para llegar a fin de mes ni, mucho menos,
pensar en una vida autónoma futura, la de esos ancianos, pendientes de una
pensión que tienen que conservar para tapar los agujeros en la economía de sus
hijos y nietos, la de esos tres millones de parados que ya no cobran subsidio
de desempleo y no les llega ninguna otra ayuda, la de toda esa gente cuyo
trabajo en servicios públicos ha caído en manos de alguna contrata mafiosa que
echa a la calle a uno de cada dos y desatiende escandalosamente sus
obligaciones, dejando que la suciedad, las listas de espera o el mal
funcionamiento de nuestro día acaben con nuestra paciencia.
En ese momento pensé lo que pensaron muchos y esta mañana he
escuchado a Nacho Escolar en la radio: que Rajoy, cobarde como ha dejado claro
que es, se atrevió a decir lo que dijo, porque estaba ante un grupo de
empresarios y que jamás se hubiese atrevido a decirlo en cualquiera de los
barrios sucios y empobrecidos por la crisis, en los que la basura esparcida por
las calles que nadie limpia saluda a los vecinos por la mañana.

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