Ser perro en Chile, opinión de Javier Astasio

/ 19 febrero 2014

Es curioso, pero una de las cosas que más me ha llamado la atención en mis recientes y añorados días en Chile son los ladridos con que se dejan notar los perros en la noche, Bien es verdad que son unos ladridos distintos a los que está uno acostumbrado aquí, en la, no sé por cuánto tiempo, pero aún, pudiente España del siglo XXI. Los ladridos nocturnos de los perros chilenos no lo son de angustia, ni agresivos, son más bien -o yo quiero pensar que es así- las conversaciones de pandas de amiguetes, que, a falta de whatsapp o teléfono, recurren a garganta y pulmones para citarse parea sus recorridos nocturnos,

He escuchado sus conversaciones en la noche de la Santiago residencial, en Viña del Mar o Valparaíso y, cómo no, en Horcón, el último refugio de los hippies chilenos. Y tengo que deciros que son ladridos de supervivientes felices que viven felices cada minuto en la calle, como aquel viejo militante comunista, superviviente de tres meses de torturas en el Estadio Nacional, allá en el 73 del pinochetazo, que pregonaba con gracia, casi cantando, por las cuestas de Horcón sus preciosos y rudimentarios «tostadores bolcheviques».
perro chileno
Pronto me di cuenta de que lo que unía a uno y otros era la libertad, la conciencia de que cada día podía ser el último y que había que festejarlo con alegría, como esos perros de Horcón, tan hippies como el que pasan la mañana en la playa, entre chapuzones y siesta sólo interrumpidos por alguna que otra excursión por los escasos bares y terrazas de un pueblo que podría parecer casi virgen, de multicolores casas de madera que descienden hasta el Pacífico, en busca de cualquier chuchería conseguida con habilidad o simpatía de los turistas que paramos en sus mesas.
Viéndolos, uno pensaría que son como esos jovencitos de urbanización de lujo que pasan el día jugando o sesteando al borde de una piscina y que se vez en cuando se dan un chapuzón, jugando como cachorros que despiertan a la sensualidad y se acercan a la cocina o al chiringuito para reponer fuerzas. Esos perros de Chile son guapos y fuertes, porque se cruzan con lo mejor del sexo opuesto y porque sólo sobreviven los más fuertes. Pero no son agresivos, porque saben que la gente les quiere y que sin llevarlos a casa, sin comprar su libertad, van a cuidar de ellos, Y sé de lo que hablo, porque una pobre perra, muy enferma, resistía junto a un bloque de viviendas gracias al cuidado de los vecinos. Y ella sabía agradecerlo, con la mirada y con un esbozo de movimiento de su rabo. Hoy he tenido noticias de ella y no sé si alegrarme, porque está irremediablemente enferma.

Pero no estéis tristes. Seguro que habrá participado de esas correrías nocturnas. Seguro que ha disfrutado de la belleza del Pacífico. Se habrá tumbado insolente, como muchos de sus amigos, en las escalinatas de cualquier edificio oficial. O a los pies de un carabinero, seguro, si es que ese era el sitio más soleado de la plaza. Y seguro que, como esos perros hippies de Horcón, alguna vez habrá esperado a que caiga la noche para ladrara feliz a los coches que suben la cuesta mientras corren delante de sus faros, para luego bajar orgullosos de nuevo a la playa para repetir una y otra vez su hazaña.
Da gusto ver tantos perros en Chile y, sobre todo, da gusto verlos tan libres y tan dignos. Buscando un rincón apartado en el que hacer sus necesidades, para no sentir vergüenza y para no manchar las calles como sus congéneres esclavizados que defecan y orinan cuando y donde les viene bien a sus amos.
Los perros de las ciudades de Chile son como los perros que recuerdo de mi infancia, en el pueblo de mi padre, Perros al sol, perros felices hasta que algún niño o no tan niño gamberro la emprendía a pedradas con ellos. No como en Chile, donde he visto -y ojalá no sea sólo una apreciación mía- el respeto de la gente por los perros de la ciudad. Tanto que, estando yo allí, Valparaíso retiró los suyos de la calle durante un día, un solo día, para evitar que, a la llegada de la caravana del París-Dakar, sufrieran o provocaran accidentes.

No es mal oficio, no, el de ser perro en Chile.

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