‘Sucedáneo’, opinión de Javier Astasio

/ 15 octubre 2014
Quién no ha visto, cuando se acercan las navidades, en calles y mercadillos esos toscos juguetes mal fabricados en plástico de mala calidad que tratan de imitar al último superhéroe, a la muñeca de moda o a los personajes de la última película estrenada. No son más que sucedáneos, malas imitaciones, de los que aparecen en la tele machaconamente, los que hacen creer a nuestros hijos que, sin ellos, la vida es imposible. Son el sucedáneo de la falsa felicidad que se promete a nuestros hijos, que unos cuantos avispados ponen en el camino de quienes no pueden llevar a sus casas los originales.
Luego, una vez desempaquetados, en manos de los niños, estos comprueban que apenas se parecen a los que tiene el vecino, que se deshacen con sólo mirarlos y que la fea pintura que los recubre, apenas sin brillo, quién sabe si tóxica, se descascarilla y se queda pegada en las manos. Eso, por no hablar del peligro que entraña poner en esas manos algo que no ofrece la menor de las garantías.
Pues bien, la consulta anunciada ayer por Artur Mas es poco más que un sucedáneo, una falsificación del imposible referéndum prometido. No es más que una especie de espectáculo con el que mantener entretenidos a sus conciudadanos para no dejar que la melancolía a que conduce la frustración les embargue y les desmovilice, mientras encuentra una salida más o menos digna, si es que aún es posible, para el tremendo fracaso de su estrategia.
Lo único que pretende Mas con esta macro encuesta disfrazada de votación mantener la tensión de la calle, mientras trata de llegar a un acuerdo con su hasta ayer compañero de aventura Oriol Junqueras para fabricar una lista conjunta que, envuelta en la bandera de la independencia, permita salvar los muebles de una Convergencia que se desmorona por momentos.
Resulta curioso, y lamentable, comprobar cómo Mas, responsable de poner en marcha este tren sin destino, no es capaz de asumir la más mínima responsabilidad de lo ocurrido. Si repasamos su rueda de prensa de ayer, la responsabilidad es de Madrid y de quienes, según él, resquebrajaron el consenso soberanista y el único enemigo el Estado. Algo, esto último de identificar gobierno y estado, que deja al descubierto su obsesión en encarnar en solitario la representación de Cataluña, que no es más que el credo y principal pecado de los nacionalistas.
Soy incapaz de imaginar cómo van a transcurrir las apenas cuatro semanas que quedan hasta el nueve de noviembre. Tampoco sé qué pueden estar pensando ahora los ciudadanos de Cataluña, ilusionados como yo lo hubiese estado por poder expresar sus deseos de futuro para su tierra, ni mucho menos cuál va a ser la alternativa a la alternativa que pongan en práctica los partidos desenganchados del frágil consenso dinamitado ayer.
Lo único que tengo claro es que, antes o después, los catalanes van a ir a las urnas para elegir unos nuevos representantes y que lo harán sin una previa declaración de independencia que no ha sido posible ni mucho menos lo será después de la ruptura del bloque soberanista. Y creo que eso es lo único deseable que el panorama político catalán se reorganice y que las fuerzas políticas que salgan de las urnas obren en consecuencia, con la lección aprendida de esta frustrante aventura.
Lo único claro es que la consulta que quiere llevar a cabo Artur Mas, sin un censo público, sin los funcionarios que, según la ley, velen por la pureza del procedimiento y sin las mínimas garantías democráticas no pasará de ser una especie de manifestación atípica, sin otro valor, y reconozco que es mucho, que el de la enorme uve de hace un mes, o la cadena humana que recorrió Cataluña de norte a sur hace unos meses, Emotiva, significativa, pero, en todo caso, un sucedáneo.

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