‘Susanismo’, opinión de Javier Astasio

/ 21 enero 2015
En política no hay nada peor que confundir el propio liderazgo con aquello que se lidera, pero, por desgracia, esto de lo que hablo, en medio de un panorama como el español se da con demasiada frecuencia, como acaba de demostrar la presidenta de la Junta de Andalucía, confundiendo su propia conveniencia con la de Andalucía.
Susana Díaz ha llegado a la conclusión de que el tiempo corre en su contra y de que cada día que pasa la imagen de su partido se deteriora, en tanto que la de Podemos crece y genera expectativas, incluso en un feudo tan tradicionalmente socialista como el andaluz, como dejo acreditado el reciente mitin de Pablo Iglesias en Sevilla, que, pese a las torpezas litúrgico festivas de la portavoz sevillana de la coalición y su correspondiente manipulación congregó a más de cuatro mil personas en Sevilla.
Susana Díaz es consciente de ello, del mismo modo que su partido ya va cayendo en la cuenta de que Pedro Sánchez, aunque fotogénico y resultón en los carteles, resulta demasiado vacío y contradictorio como para echarse a la espalda un partido que atraviesa por la peor crisis de su historia e incapaz de poner a salvo los pocos escaños que conserva en el Congreso y los parlamentos regionales.
Ahora, deprisa y corriendo, la sucesora de un abatido y acorralado Griñán, después de un indudable proceso de consolidación de su partido en las europeas, está comprobando como el partido de Pablo Iglesias está llenando el hueco que el cansancio, la decepción y los recientes escándalos han ido dejando en el electorado andaluz. Sabe que cuanto antes convoque, más posibilidades tendrá de poner a salvo algunos muebles, pero, además. se ha encontrado con el calendario marcado en rojo con las convocatorias de las elecciones locales, las catalanas y las autonómicas, dejándolo apenas un hueco para finales de marzo y, eso, si consigue el consenso de su partido de aquí a una semana.
Eso en cuanto a las verdaderas causas. Vayamos ahora con las que esgrime para el adelanto electoral, que resultan, cuando menos, increíbles. Dice la presidenta que a su gobierno le falta la estabilidad que necesita para servir a los andaluces y culpa de esa estabilidad a sus socios de Izquierda Unida, que se han visto sorprendidos por la maniobra. Mal argumento,  éste, porque hasta los niños de pecho saben que cualquier gobierno que salga de las urnas, con la enorme cuña de Podemos en juego sería mucho más inestable que el actual, salvo que la señora Díaz está contando con que las premuras pillarán con el pie cambiado al partido de Pablo Iglesias, algo que evidenciaría que, en realidad, no busca aclarar el panorama andaluz, sino, más bien al contrario, impedir que esta nueva formación, llamada a captar el voto de la izquierda descontenta y defraudada, devuelva a las urnas los votos  que redibujarían el verdadero perfil de izquierdas del electorado.
Susana Díaz y quien mueva los hilos tras ella tienen muy claro que el poder es lo que importa y que, frente a las ansias de poder, no hay principios ni bien común que resistan. Está claro que, para Susana Díaz y quien esté tras ella, el tactismo se impone a las necesidades reales de la ciudadanía, lo que me devuelvo a aquellos tiempos en que el hasta entonces coherente, a pesar incluso de la trampa de la OTAN,  Felipe González comenzó, para nuestro mal, a trabar amistad con gatos blancos y negros. Algo parecido a lo que ahora intenta la señora Díaz, olvidando que el felipismo fue posible porque, entonces, todos éramos más inocentes que ahora en que difícilmente caeríamos en los ardides del susanismo y difícilmente colaráían las amniobras para asaltar Ferraz desde el palacio de San Telmo.
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