‘Todos tienen razones’, opinión de Javier Astasio

/ 1 junio 2015
Pareciera como si este fin de semana hubiese escogido por todos para acabar teniendo razón. La han tenido, por ejemplo, los agoreros que, ya desde hace semanas, cuando se vio que el Barça sería uno de los finalistas de la Copa hoy del rey, que lo fue del generalísimo y también del presidente de la República, comenzaron a poner vendas sobre una herida aún no abierta o, quién sabe, si a echar sal sobre otra mal cerrada. Todos ellos, políticos de uno y otro signo, periodistas y algún que otro deportista, pusieron el foco sobre lo que iba a durar un minuto antes de que Messi y los suyos comenzasen a hacer magia sobre el césped, un minuto apenas en medio de dos días de magnífica convivencia entre seguidores del Athletic de Bilbao, no todos vascos, no todos nacionalistas, y los barceloneses, no todos del Barça. no todos nacidos en Cataluña y  no todos «soberanistas».
Un sólo minuto de casi tres mil de convivencia que está siendo aprovechado por los oficiantes de la confusión y el odio, para colocar su mensaje aquí y allá, para llevar el agua del incidente a su molino y para preparar la polémica del próximo año, porque muy difícilmente no será el Barça uno de los finalistas de la próxima edición.
Lo de la noche del sábado fue otra profecía auto cumplida, porque quienes amenazaron con sanciones ¿de qué tipo y a quiénes? sabían perfectamente que sus amenazas aumentarían las expectativas sobre la pitada y las ganas de pitar de quienes estaban dispuestos a hacerlo. Tenían razón, porque al centrar la atención de los medios sobre esos hipotético minuto de ruido, difuminaban el aspecto deportivo de una final que a más de uno le hubiese gustado jugar o de la hostia electoral (Rita dixit) de hace sólo una semana y de la que aún siguen lamiéndose las heridas, temerosos de los que se les viene encima o, por decirlo mejor, lo que se les ha hundido bajo los pies.
Tuvieron también razón, echando el resto en la pitada, quienes esperaban un refrendo a su «proceso» en las municipales, una esperanza frustrada por la consolidación de las alianzas de izquierda, alianzas transversales, para las que el bienestar de los ciudadanos están por delante de sus sentimientos y de sus aspiraciones nacionalistas. Quizá por eso llenaron los accesos al campo de silbatos y vuvuzelas cuatribarradas para que los poco habilidosos no se quedasen con las ganas de pitar.
Pero también tenía razón Jesús Gallego, director del Carrusel Deportivo de la SER, cuando ayer, al abrir su programa, se preguntaba a quién habría que sancionar por la pitada, porque no está claro si debería ser a cada uno de los noventa mil espectadores presente, algunos de los cuales seguro que no silbaron, o a los responsables de ambos equipos, al propietario del campo, cedido a la federación para el encuentro, o a la propia federación, organizadora del partido y distribuidora de veinte mil de las localidades. Difícil pregunta, sin duda.
Tiene razón el gobierno, encelado con el asunto, porque «políticamente» cree que le beneficia. al dirigir la investigación y las posibles sanciones hacia las plataformas soberanistas que regalaron silbatos a quienes acudían al campo, como si no se pudiese pitar sin pito o silbar sin silbato. Más bien creo que sabe que haría el ridículo y provocaría un terremoto, sancionando al Athletic, mayoritario en las gradas, o al Barça, y no digamos ya, multando a la Real Federación de Fútbol de España.
También tuvieron razón, cómo no, quienes potaron, quizá les faltó educación, pero razones íntimas u sentimentales seguro que no les faltaban, incluso si lo que trataban de hacer era pasar el rato soltando aire y adrenalina, porque, sin duda, les amparaba el derecho a la libertad de expresión. Probablemente y según dicen algunos, les faltó educación, porque faltaron al respeto al himno y, dicen, aunque eso habría que verlo, al resto de los españoles. Sí faltaron, si es que le faltaron, a un respeto impuesto, el de escuchar en silencio el himno, uno de los símbolos del Estado, que quizá representa a una forma de estado no deseada. Pero creo que estaban en su derecho, porque el respeto no se impone, se gana.
Como solución propongo que el rey no asista a la entrega de la Copa que ahora lleva su nombre, que se suprima la obligatoriedad de hacer sonar el himno para recibirle, que las finales se jueguen sólo en estadios de territorio no nacionalistas o que se prohíba la participación de equipos de esos territorios cuyos seguidores podrían no respetar el himno.
En fin todos quieren tener razón, la razón, pero lo que tienen, en realidad, son razones.
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