‘Uno de los suyos’, opinión de Javier Astasio Arbiza

/ 16 noviembre 2013
 
 
Ayer conocimos abochornados, yo al menos me sentí así cuando lo supe, que cuarenta y cinco diputados de las Cortes Valencianas, todos ellos del Partido Popular, habían firmado un escrito solicitando el indulto para el ex alcalde de Torrevieja, Pedro Hernández, condenado a tres años de cárcel y siete de inhabilitación para ejercer cargos públicos por los delitos de prevaricación y falsedad en documento público. Todo un espectáculo que explica bien a las claras en qué ha acabado la política, y no sólo la municipal, en España, treinta y siete años después de las primeras elecciones municipales democráticas.
Durante unos pocos años visité la localidad alicantina, invitado junto a otros compañeros con motivo de la entrega del Premio de Novela Ciudad de Torrevieja, el mejor dotado de los que se entregaban en España, hasta que la editorial rival, Planeta, dobló el importe del que cada año entrega en la noche del día de Santa Teresa. Esas excursiones de dos días a la capital de la sal y las habaneras me permitió hacerme una idea de quién era el personaje que durante casi un cuarto de siglo ocupo la alcaldía de una ciudad que podrá ponerse como ejemplo paradigmático de hasta qué punto es posible degradar la calidad de vida y la belleza de una ciudad cuando ésta cae en manos de la persona equivocada, tal y como apuntaba esta semana, en referencia  a Ana Botella, el diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung.
Veinticuatro años son muchos para cualquier cosa, así que basta imaginar todo ese tiempo a tan polémico alcalde poniendo y quitando, autorizando o prohibiendo, dando trabajo y quitándolo, para hacerse una idea de lo que es una corte y no precisamente celestial. Basta darse un paseo por la ciudad para comprobar en qué consiste el desorden urbanístico. Edificios construidos sin orden ni concierto que parecen haberse caído de la cartera de un especulador para clavarse en la cansada piel de la ciudad. Y no sólo eso. Asomarse a Torrevieja es comprobar lo peligroso que puede llegara a ser un hortera con poder o con dinero.
Pero, siendo malo esto que os cuento, lo es aún peor comprobar que ese señor que se movía con una especie de guardia de corps detrás, está más cerca de las novelas de Mario Puzo o Rafael Chirbes que de la constitución. Y recuerdo en este punto cómo deje de acudir a esa cita anual mucho antes de que la crisis económica acabase por extinguir una convocatoria desmedida a todos los niveles. Recuerdo que semanas antes de aquella última cita se destapó un horrible caso de abusos y torturas por parte de policías municipales de la ciudad a un inmigrante y recuerdo la defensa encendida que de ellos hizo Pedro Hernández que, como podéis comprobar en la foto de EL PAÍS que ilustra esta entrada, se fundió en un abrazo con el verdadero responsable de esos hechos, Alejandro Morer, responsable del cuerpo de policía municipal, constituido muy probablemente a imagen y semejanza suya.
Aquel año me hice el remolón y, un tanto descortésmente y sin dar explicaciones, no contesté a la invitación para no tener que respirar el mismo aire que los citados elementos. Y lo hice, además de por la repulsión que me producía el caso, porque me  conozco demasiado bien y sé que no podría disimular delante de uno u otro.
Lo ocurrido aquel año no tuvo consecuencias para el alcalde Hernández, pero para mí bastó. Fue más tarde cuando después de un largo proceso judicial, en el que hubo que saltar aforamientos y demás piedras puestas en el camino de la Justicia, le llegó la condena finalmente confirmada que sus compañeros de las Cortes Valencianas quieren ahora borrar.
Si algún día se escribe la Historia entera y verdadera de la corrupción en España, estoy seguro de que el último cuarto de siglo del ayuntamiento de Torrevieja dará para un capítulo entero y de que lo que se desprenda de eses capítulo explicará las intrincadas redes de clientelismo tejidas entre empresarios sin escrúpulos, políticos locales, regionales y nacionales y, por qué no, mafias de toda índole.
Por eso no me quito de la cabeza que, cuando los cuarenta y cinco diputados firmaron el escrito, no hacían otra cosa que mostrar su solidaridad con uno de los suyos, que apenas tiene nada que envidiar a los personajes de la película de Scorsese.
 
 
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