Según EL PAÍS, el caso Rato y su gestión ha agravado las grietas y las diferentes visiones de afrontar la política que conviven en el Gobierno de Mariano Rajoy casi desde su formación, hace ya más de tres años.
Pese a la polémica que rodea al exvicepresidente Rodrigo Rato tras conocerse que está siendo investigado por Hacienda, en el Ejecutivo hay quien piensa que en el gabinete de Rajoy hace falta una figura como la que él encarnaba en el Gobierno de José María Aznar. «El presidente intenta encarnar esa figura y personalizar los logros económicos, pero está en muchas cosas; la vicepresidenta también lo hace, y lo repite cada viernes tras el Consejo de Ministros, pero no resulta creíble en esa función; Cristóbal Montoro es el malo, nadie le quiere y es rechazado por todos nuestros barones; y Luis de Guindos está más ocupado en marcharse y ocupar un puesto internacional cuanto antes. Está claro que se echa en falta un Rato, pero es que no lo tenemos», señala un ministro cuya identidad no es desvelada por el diario.
En opinión de este miembro del área económica del Ejecutivo, «hay un problema de origen en el diseño del Gobierno». «Si el objetivo prioritario, casi único, era la salida de la crisis, la creación de empleo y las reformas económicas estructurales, no se entiende muy bien por qué no se creó la figura de un vicepresidente que aglutinara todas las responsabilidades en esa área y que ahora podría ser la cara de la recuperación y del milagro económico de Rajoy. Es una figura que no tenemos», señala.
EL PAÍS explica que en el Gobierno existen dos grupos de edad y de poder, dos generaciones totalmente diferenciadas, que encarnan José Manuel García-Margallo, por un lado, Soraya Sáenz de Santamaría, por otro. El diario asegura que entre los miembros más veteranos del Ejecutivo existe un cierto desdén hacia los recién llegados, hacia los jóvenes y, en especial, hacia la vicepresidenta, que creen algunos que no les trata con la debida admiración o consideración a su experiencia. Consideran que la «superministra Santamaría y sus tecnócratas», en su afán perfeccionista y casi obsesivo por controlar y coordinar, no les deja casi espacio ni autonomía para salir públicamente, para tener más presencia mediática y para hacer más política.
EL PAÍS 1, 16, 17
(Texto de elaboración propia realizado a partir del resumen de noticias de los servicios de prensa de Moncloa)