‘La tarta’, opinión de Javier Astasio

/ 23 febrero 2015
Si todo va bien, después de todos y cada uno de los procesos electorales que hay a la vista en nuestro país, nada va a ser igual, porque la tarta electoral, distribuida hasta ahora entre dos grandes glotones, atiborrados después de tantos y tan beneficiosos repartos, sin tiempo para pensar en plena digestión en quienes no tiempo y egoístas incapaces de pensar en quienes, a pesar de estar sentados a la mesa y con todos los derechos, se quedaban siempre con las migajas del pastel, viendo como otros, con menos votos y con menos derechos, por tanto, se llevaban la guinda, las guindas, por ceder su porción, unas veces unos, otras veces otros y unas veces a unos y otras veces a otros, como hasta ahora han venido haciendo en España los nacionalistas, todos, siempre por encima, muy por encima de sus votos y su verdadera representatividad.
Ahora, con la irrupción de Podemos, un partido de la izquierda alternativa, y Ciudadanos, otro que lo es de derecha más o menos “civilizada”, pero derecha al fin y al cabo, que han entrado de lleno en las encuestas y, lo que es más importante, en las conversaciones de los ciudadanos, que comienzan ahora a asomar la cabeza y a atreverse, no sólo a criticar a los grandes, sino a soñar con que puedan dejar de serlo.
El miedo a perder sus porciones de tartas y, con ellas, las ventajas que conllevan está llevando a que uno y otro, PP y PSOE, hayan comenzado a moverse, para bien y para mal, poniendo en marcha otros estrategias, construyendo otros discursos y tratando de reforzar sus alianzas mediáticas, cada vez más en duda, porque, como se sabe, el dinero es ante todo cobarde y buscará resituarse aquí y allá, para no dejar de influir en lo que venga.
Con el pánico a perder poder o a tener que compartirlo, se han desatado en los dos grandes partidos todas las insidias y los odios atávicos que el reparto de cargos y prebendas habían adormecido. Ya se sabe que cuando no hay harina todo es mohína y parece que los tiempos que llegan son de muy poca harina y de mucha mohína. Y, de aquí a que se elaboren las listas se verá, ya lo estamos viendo, hasta qué punto una concejalía o un escaño desatan lenguas, recuerdos y dosieres.
Frente a estos dos mastodontes carcomidos por la corrupción y la abulia, irrumpen con fuerza en el escenario Podemos y Ciudadanos, cuyo principal valor es el de ser “nuevos en la plaza”, no adolecer de todos esos vicios que nos han llevado a aborrecer a quienes no hace tanto eran, para unos y otros, la esperanza de convertir España en un país nuevo y distinto del que vivió tantos años bajo una dictadura indeseable. No sé lo que les durará la inocencia a los recién llegados. No sé si no acabarán infiltrados por los roldanes y granados que andan siempre olisqueando el trasero del poder. Lo que sí sé es que ya hemos pasado por ello y hemos creado los anticuerpos que provocarían, cuando menos, reacciones virulentas, fiebres de decencia, ante escándalos para los que parecíamos inmunizados.
Lo bueno que tienen estos tiempos es que todo pasa deprisa y, aparentemente, a la vista de todos. Lo bueno es que cualquier situación se transforma, salvo en el PP, claro. Lo malo es que haya quien, como Pedro Sánchez y la mayoría de los militantes de su partido lleguen a pensar, como Maquiavelo, que “el fin justifica los medios”, porque si la elección de Gabilondo como candidato tiene el respaldo de la militancia y la prensa amiga, tiene la hipoteca de que se ha producido por procedimientos poco o nada democráticos.
Ya veremos en qué queda dentro de tres meses, cuando al bueno de Gabilondo -y no se entienda por bueno inocente o cándido- tenga que lidiar con la construcción de una difícil alianza de gobierno o con la ardua tarea de encabezar la oposición. El reparto de la tarta va a ser difícil y tentador y, por lo escuchado a Gabilondo, parece que nunca se “arrimará” al PP para conseguir esa gobernabilidad.
Ojalá sea así. Si no, perderíamos un modelo de decencia y, con él, la esperanza de que algo cambie.
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