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‘Qué feo, qué feo’, opinión de Javier Astasio
Javier Astasio Arbiza / 27 enero 2015Resulta difícil para quien no ha nacido o vive allí acercarse a una cultura tan exagerada en el gesto y en la hipérbole como la andaluza. A mí al menos me resulta a veces imposible. No me gustan, por ejemplo esa exageración de abrazos que envuelven enemistades ni esos discursos que parecen ir de la humildad a la dureza increíble, casi tiranía. Me estoy refiriendo, claro a personajes que, como Susana Díaz, la presidenta, dicen una cosa y hacen otra, poniendo siempre por delante y como excusa bienes tan generables como intangibles.
Ayer, como estaba imprevisto hace apenas tres semanas, la señora Díaz ejerció su derecho a disolver el Parlamento Andaluz y a convocar nuevas elecciones, consumando una maniobra que no persigue otra cosa que pillar con el pie cambiado a Podemos, forzando casi a la improvisación a la formación que aún no ha elegido candidatos ni, si me apuráis, su estructura organizativa. Una maniobra brusca, como lo son todas las inspiradas por el pánico, en la que los más perjudicados son, de momento, sus hasta ahora socios en el gobierno.
La presidenta ha tardado casi una semana en elaborar el memorándum de agravios que, en su opinión, dan sentido a su decisión. Agravios por parte de Izquierda Unida que la presidenta Díaz resume en una presunta radicalización de sus socios, a los que ve en el futuro más cerca de Podemos que de su partido, especialmente al malagueño Alberto Garzón, diputado nacional y futuro candidato, al que ha convertido en el payaso de sus bofetadas.
En un «que si tú, que si yo» nada estético Díaz reprochó a Garzón un viaje al Sahara, envolviéndolo en inconveniencia por el peligro yihadista, para, después, echarse las manos a la cabeza, cuando éste tildo de poco decentes las acusaciones de la presidencia, recordándome, ella, a esos niños que en la escuela pinchan y pinchan al compañero, para exagerar el daño e implorar su castigo al profesor, si aquel reacciona.
En realidad es todo un decorado que no tiene otro fin que tratar de niquelar el currículum de doña Susana que, pese a su aparente fortaleza, dentro del PSOE, en realidad, nunca se ha medido ante las urnas, porque llegó al Palacio de San Telmo, nombrada sucesora por su antecesor, Griñán, y que quizá resultase un fiasco, si las elecciones andaluzas tuviesen lugar en tiempo, tras las municipales y generales, con un Podemos cada vez más consolidado en las encuestas y, muy probablemente, para entonces también en las urnas. Sobre todo, ahora que la estrella de Pedro Sánchez, expuesta a las inclemencias del día a día, parece haber perdido su brillo.
Y, por si todo esto fuera poco, las últimas horas de los socialistas en el Parlamento han sido muy, pero que muy, feas, modificando contra el reloj la composición de la Diputación Permanente de la cámara, para incluir en ella a tres de los diputados aludidos en el sumario que instruye la juez Alaya, extendiendo así en el tiempo su aforamiento. Feo, muy feo, tan feo como la renovación in extremis de la cámara de cuentas andaluza, esta vez con el acuerdo del PP, cuando estas cuentas pueden estar a punto de caer en manos de un gobierno muy distinto del que hasta ahora y durante tres décadas ha regid los destinos de los andaluces.
En fin, repito, muy feo, todo muy feo. Y pensar que llegue a creerme a esta señora.













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