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‘Sin perseguir a los ladrones no salimos de la crisis’: análisis y opinión de @juantorreslopez
Juan Torres López (@juantorreslopez) / 6 octubre 2014El escándalo vergonzoso de las tarjetas de Caja Madrid (que posiblemente debe haberse dado en muchas otras cajas) pone sobre la mesa un presupuesto sobre el que coinciden muchos economistas desde hace mucho tiempo: la confianza y la probidad son condiciones fundamentales sin las cuales es muy difícil que se produzca progreso económico. Así lo habían escrito en sus obras maestras economistas geniales como Adam Smith o John Stuart Mill cuando comprobaban que las diferencias en el progreso de las naciones muchas veces tenían que ver con lo difícil que resultaba confiar en algunas de ellas y que las personas actuaran con honestidad en el mundo de los negocios.
Desde entonces, otros economistas e investigadores han demostrado, incluso con experimentos de laboratorio como los de Paul Zak, profesor de economía y fundador de un conocido centro de neuroeconomía en California, que la confianza es la base de la actividad económica y que, como mostró también el Nobel Douglas North, su ausencia es lo que puede explicar el atraso y la mala gestión económica en muchos países y épocas históricas. Los estudios del primero indican que fortalecer el estado de derecho aumentando las libertades, reducir las desigualdades y la corrupción y facilitar el entendimiento interpersonal son factores decisivos para generar una “buena política” y que ésta es la que promueve la confianza que es el fundamento de la prosperidad permanente. Y un economista del Banco Mundial, Steve Knack, incluso ha llegado a evaluar lo que llama “la economía de la confianza”, afirmando que es la mayor responsable de la ventaja económica de Estados Unidos sobre otros países.
Otros estudios de Yann Algan y Pierre Cahuc, entre otros muchos, han comprobado que la confianza influye directamente en la evolución a medio y largo plazo de la renta per cápita, y en la Chicago Booth School of Business se elabora un conocido indicador que muestra también que la confianza es determinante de la estabilidad de los mercados y las actividades financieras.
Son también muchos los economistas que consideran que la falta de confianza es lo que está impidiendo que se salga con prontitud y éxito de la crisis en la que estamos inmersos. Y esta idea, ya tan generalizada desde hace tanto tiempo, es la que lleva a considerar que será imposible recuperar la confianza en las instituciones y en las relaciones interpersonales necesarias para que haya de nuevo suficiente actividad económica generadora de riqueza sin que se persiga y condene a los responsables de todo lo que ha sucedido en la economía mundial y, en nuestro caso, en la española.
Así lo han defendido premios Nobel de Economía como Joseph Stiglitz o George Akerlof, quien subraya que dejar de castigar a los criminales de cuello blanco es un incentivo para que se cometan nuevos delitos económicos que destruyen la economía.
Sin embargo, lo que está ocurriendo en casi todo el mundo es justamente todo lo contrario. Los responsables de los grandes fraudes y estafas económicas tienen cada vez mayor impunidad porque han acumulado mucho poder político. Un estudio de la Syracuse University de Estados Unidos (sus resultados pueden verse aquí) demuestra que la persecución a los fraudes cometidos por entidades financieras viene disminuyendo en los últimos años, justo cuando en mayor número se han cometido. A Obama le cabe también el lamentable honor de perseguir este tipo de delitos en mucha menor medida que Reagan o Bush.
En España estamos llegando a niveles de impunidad y desvergüenza que no solo han destruido la confianza de la población en las instituciones y en la clase política y financiera, sino que producen ya una indignación que está a punto de crear otro tipo de problemas sociales.
No se puede dejar libres a los ladrones, por muy alta que sea su cuna, por muy grande que sea su influencia, por muy poderoso que sea el partido que lo encumbra, por muy abultada que sea su cartera o por muy alto que esté quien puede ser que caiga si cae el ladrón.
Sin perseguir y castigar a los ladrones y criminales de cuello blanco que han provocado la crisis, sean quienes sean, ni saldremos de ella ni podremos evitar que la otra crisis que nos espera sea mucho peor y más trágica.
(Artículo de opinión cedido por el autor Juan Torres López – juantorreslopez.com)
Juan Torres López: Nacido en Granada (España) en 1954, donde estudió el bachillerato. Está casado y es padre de tres hijos, María, Juan y Lina.
Licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales en la Universidad de Málaga, carrera que estudió siempre como becario.
Doctor en CC. Económicas y Empresariales desde 1981, dos años más tarde obtuvo la plaza de profesor Adjunto de Economía Política y Hacienda Pública en la Universidad de Granada. En octubre de 1984 se incorporó a la de Málaga como catedrático contratado, plaza que ocupó definitivamente como funcionario en diciembre de 1986 en el área de Economía Aplicada.
Es miembro del Consejo Científico de ATTAC España, ha escrito varios libros y desde octubre de 2008 es catedrático en la Universidad de Sevilla en el Departamento de Teoría Económica y Economía Política.














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