‘Todo cuadra’, opinión de Javier Astasio

/ 6 octubre 2014
No creo que haya un sólo votante del PSOE y menos si estaba afectado por un desahucio o por la estafa de las preferentes que no torciese en gesto al escuchar a los diputados que había elegido con su voto hablar de la inseguridad jurídica que provocaría paralizar los desahucios o al comisario de Economía de la UE, Joaquín Almunia, hablar de la quita con que los afectados de las preferentes tendrían que pagar su codicia. Cómo no iban a hacerlo, si ellos o su partido estaban enganchados a la teta de una entidad que maquillaban con su presencia en los consejos de administración, pero que, en realidad, no era más que una cueva de ladrones que acabó con lo que nosotros creíamos una banca justa, a salvo de la codicia.
Y qué decir de las tibias reacciones de los sindicatos, si es que las hubo, a las sospechosas maniobras de la cúpula de la caja, alocadas y suicidas, mientras esos mismos pájaros se fijaban sueldos, bonus y pensiones escandalosas. Poco a poco lo vamos entendiendo todo, con la melancolía del enamorado que ha sido engañado o con la violencia del cornudo iracundo. Poco a poco nos vamos dando cuenta de que ese silencio, esa tibieza o esas sorprendentes reacciones tenían un precio que unos, los gestores de la caja pagaban, con nuestro dinero, eso sí, y otros, los consejeros en representación de partidos y sindicatos, cobraban sin el menor rubor para vergüenza y cabreo de quienes alguna vez creímos en ellos.
Hoy hemos sabido por EL PAÍS que Caja Madrid estaba comprando el silencio de PP, PSOE y, ojo, también IU, aportando un millón de euros anuales a las fundaciones de cada una de las formaciones, esas mismas que se utilizan para cobrar “impuestos revolucionarios” y pagar, con colaboraciones en publicaciones o bolos y conferencias, pagados a precios desorbitados, las correspondientes coimas a quienes se mostrasen dispuestos a alquilar su voz y su conciencia a los intereses de cada partido. Algo que, para aquellos que quisiesen verlo, flotaba en el aire, porque a nadie, salvo a quienes iban sobrados de ego o de ambición, podía parecer normal ni, mucho menos, justo.
Desde que saltó el escándalo, nos hemos enterado con detalle de las cantidades que han gastado todos y cada uno de los consejeros “comprados”. Así hemos sabido que algunos, los menos y que se pueden contar con los dedos de una mano, no hicieron gasto con esas siniestras tarjetas o, si es que llegaron a hacerlo, resultó ridículo frente al de sus compañeros de consejo. Pero, aun así, pese a parecer tontos u honrados, tampoco dejan de ser culpables, porque tenían en su mano o, mejor dicho, en su bolsillo la prueba fundamental de un soberano escándalo que, pese a que “sólo” ha supuesto quince millones de euros, ha sido la llave con la que los cuarenta ladrones abrieron, para saquearla la cueva del tesoro de Caja Madrid.
Pero no pensemos que ya lo sabemos todo de este asunto, aún quedan por aflorar otros flecos de este asunto, otros procedimientos, mediante los cuales se ponía a buen recaudo la somnolienta conciencia de todos estos consejeros y algún que otro vocal, porque, si Blesa y compañía autorizaban mediante una llamada o una firma créditos blandos o a interés cero a amigos sin relación con la caja, qué no iba a hacer con estos consejeros de cuyos votos dependía sacar adelante sus planes.
Una vergüenza. Sobre todo, pensando en quienes han perdido su casa por no haber podido cumplir las condiciones firmadas en su hipoteca en un periodo de euforia económica ante quienes nunca les advirtieron de esas cláusulas ocultas en la letra pequeña, tan abusivas como la usura, que han acabado por dejarles en la calle. Ellos están pagando la crisis y otros han vendido a buen precio sus silencio para hacerlo posible. Ahora, todo cuadra.
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