‘Comparaciones’, opinión de Javier Astasio

/ 21 noviembre 2014
Me veo de nuevo en la tesitura de hablar y no precisamente bien de muertos, más concretamente de muertos recientes, algo que no parece estar bien visto y menos si el cadáver es tan excelente como el de Cayetana Fitz-James, duquesa de Alba o, como la se la denominaba ayer desde las televisiones, públicas y privadas, la duquesa del pueblo.
Vivimos en un país en el que ser simpático puede llegar a  ser el salvoconducto para hacer cada uno haga de su capa un sayo. Simpática y llena de desparpajo ha sido Esperanza Aguirre, simpático era el cabecilla de la trama PPúnica -no es una errata- y simpática ha sido toda su vida la duquesa de Alba, la aristócrata más juerguista o la que, al menos, más abiertamente lo ha sido en las últimas décadas. Pues bien, parece que esa simpatía da bula para pisotear derechos o para, lo que a mi modo de ver casi es peor, ejercer la caridad y el paternalismo donde lo que debiera haber es justicia.
Evidentemente, una aristócrata joven y transgresora como lo fue en pleno franquismo la duquesa, rodeada de toreros y gitanos, generosa en las propinas y a todas luces divertida hacía méritos para convertirse en leyenda y está claro que lo consiguió, especialmente si se la compara con la rancia y muy católica aristocracia al uso.
Se ha dicho de ella, ayer mismo lo hizo Alfonso Guerra, como de una mujer muy libre, un piropo que, en labios de quien un día se erigió en líder de los descamisados sonaba cuando menos extraño y que, afortunadamente, fue desactivado por la cantante Paloma San Basilio, quien, con más sentido común y la conciencia de clase que cabría esperar de un ex vicepresidente socialista, puntualizó que con el dinero de la duquesa resultaba mucho más fácil ser libre.
Esa es la clave de la libertad y la simpatía de la duquesa, que, antes que duquesa era inmensamente rica y que la fortuna era suya y no de su primer marido y padre de sus hijos, lo que le ha permitido darse cuantos caprichos ha tenido hasta los últimos días de su vida.
Qué lejos su libertad de la de todos esos gitanos profesionales de la juerga que pagan los señoritos a cambio de unas «perras», más de un insulto y algún que otro abuso y muchos palos. No quiero con ello decir que haya sido esa la relación de Cayetana con sus compadres los gitanos, pero sí que esa ha sido la relación habitual de los de su clase con ella, que a veces resulta pintoresca, cuando no obscena.
Cuesta entender la pasión de radios y televisiones por este desaparecido personaje capaz de llenar horas y horas de programación con su vida, su salud, la de sus hijos y cuantos líos familiares han querido contarnos, pero más cuesta entender el despliegue de alguna prensa «seria», sin caer en la cuenta para contárnoslo de que su fortuna era la octava de España y de que el noventa por ciento de su extenso patrimonio no cotiza a Hacienda como lo hace el más desgraciado de los autónomos. Por eso me revelo, porque se han consumido ríos de tinta y litros de saliva en cantar las excelencias de esta latifundista, heredera de una fortuna procedente de los saqueos de aquel primer duque de Alba del que no procede su sangre, pero si sus títulos, castillos, palacios y tierras y apenas se hable de sus privilegios.
Pero no es sólo cosa de los periodistas, porque ayer Susana Díaz la presidenta andaluza a quien gusta recordar que es casta de fontaneros acudió a presentar sus respetos ante el cadáver de quien posee en el territorio en que ella gobierna muchas de las tierras que les faltan a tantos y tantos andaluces sin decir ni una palabra sobre ello, más preocupada quizá porque el secretario de Comunicación de Podemos, Íñigo Errejón, no cumple con el horario en su puesto, no con el trabajo encomendado, en una universidad andaluza.
Sé que las comparaciones son odiosas, más si uno de los comparados acaba de dejar este mundo, pero, a veces, algunas se vuelven casi un insulto.
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