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‘Posar junto a Mandela’, opinión de Javier Astasio Arbiza
Javier Astasio Arbiza / 10 diciembre 2013Pese a que llevo toda mi vida desnudando mi pensamiento en público, soy pudoroso, muy pudoroso. Por eso me sublevo ante quienes no tienen pudor alguno y no dudan en mostrarse allá donde creen que les conviene hacerlo. Es una sensación cercana a la náusea que de vez en cuando se repite, como ahora, viendo a todos esos jefes de estado reunidos en Johannesburgo para dar el último adiós a un hombre al que alguno de ellos consideraba y sigue considerando terrorista.
Tristemente, creo que lo que ha hecho posible tal consenso en torno a la figura del abuelo Mandela, ha sido precisamente el fracaso de su gran sueño, porque la Suráfrica de hombres libres e iguales que él soñó nunca ha sido ni será una realidad, porque, en Suráfrica, sigue habiendo ricos muy ricos y pobres muy pobres y, lo que es peor, los muy ricos siguen siendo blancos y los pobres más pobres y más numerosos siguen siendo los negros.
Viendo las imágenes de tanto jefe de estado posando en el gran estadio de la final del mundial no puedo dejar de pensar que lo que celebran no es la obra de un hombre bueno, sino el haber suturado con bien la herida por la que podía habérseles escapado el control del África negra. Todo estuvo pensado y medido, incluso la renuncia del presidente De Klerk a su programa de armas nucleares cuando la presión de la población negra sublevada hacía ya inviable el régimen del apartheid. Ese paso supuso un gran alivio para quienes no eran capaces de concebir un mundo en el que también los pobres tuviesen acceso al armamento nuclear.
Creo que todos esos jefes de estado celebran que Sudáfrica forme parte hoy de ese mundo occidental e injusto que consintió aquel régimen tan injusto y tan inhumano que, sólo un cuarto de siglo antes, imperaba también en los modélicos Estados Unidos de América. El sueño de Mandela ha quedado en eso, en un sueño, y en su tierra, poco a poco, cada cosa ha vuelto al lugar que ocupaba, aunque, eso sí, también los negros hayan accedido al poder y, desgraciadamente, a la corrupción.
Recuerdo como si fuese ahora aquella valiente decisión del músico norteamericano Paul Simon que decidió ponerse del lado de los negros y al margen de las moralistas democracias occidentales para, con su soberbio «Graceland», uno de los mejores discos de la Historia, hacer cuña y abrir la rica cultura musical de los negros sudafricanos a occidente. Los hay que no lo entendieron entonces y aun no lo entienden hoy, y condenaron la grabación de aquel disco con músicos sudafricanos, que quizá prefiriesen ver cocerse en el caldo del doble aislamiento que suponían el apartheid y el boicot. Pero, afortunadamente, Paul Simon, con su oportuno gesto rompió más barreras y muros de los que derribó el bloqueo, como siempre incompleto y cínico.
Hoy, en el funeral del hombre bueno que fue Mandela, se dan cita enemigos irreconciliables y eso, en lugar de merecer elogios, para mí, delata la moral distraída de un mundo que gusta más de los gestos que de los hechos. Tanto pasmarote posando junto a los restos de Mandela, tantas declaraciones tan formales como vacías, no son para celebrar la victoria de la justicia y la igualdad, sino más bien para todo lo contrario- Bastaba con escuchar esta mañana en la SER al presidente español, Mariano Rajoy, justificar el sudo de cuchillas en la valla de Melilla, mientras acudía compungido al funeral de Nelson Mandela.
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