Sobresaltos, opinión de Javier Astasio

/ 7 febrero 2014
 
De vez en cuando, los españoles, los europeos, nos despertamos de nuestros cómodos sueños o de nuestras peores pesadillas con el sobresalto de una muerte colectiva de esos hombres y mujeres que llaman a nuestra puerta acuciados por el hambre, la miseria y la guerra. Es duro. Tan duro como lo sería encontrar cada mañana a la puerta de nuestras casas, confortables o no, el cadáver de un indigente que trataba de acceder a nuestra comida o nuestro confort. Pero no hay por qué preocuparse, porque, al final, todo pasa y queda reducido a unas imágenes desagradables en los telediarios a la incómoda hora de la comida o de la cena, a unas explicaciones ´tan asépticas como inverosímiles del ministro «portero» y a unas cuantas opiniones cruzadas sobre la conveniencia o no de blindar la puerta de nuestra casa con alambradas o cuchillas.
Tragedias como la de ayer en la playa de Ceuta o como la superlativa ocurrida hace apenas unos meses en aguas de Lampedusa están ya protocoliazdas en las redacciones de los distintos medios de comunicación y, cómo no, también para las autoridades que podrían paliarlas, si no evitarlas. Todos hemos visto las imágenes de esos seres humanos detrás que se mueven por centenares de una verja que contradice los propósitos de cualquier estado democrático, también las de esas avalanchas con las  que, desesperados, tratan de alcanzar su meta a sabiendas de que apenas unos cuantos van a  conseguirlo y, si lo hacen, es a costa del fracaso de los demás… y qué decir de las tristes imágenes de los cadáveres hinchados o los cuerpos heridos o ateridos de frío, de esos hombres, mujeres y niños de mirada perdida con una bebida caliente en las manos y cubiertos con una manta que, muchas veces, es lo único que van a obtener del país que, por fin, han pisado.
Son pequeños sobresaltos que sufrimos ante un plato de comida o con una taza de café en la mano, acompañados de su monótona banda sonora de salmodias, mentiras o exageraciones, que no son sino otra forma de mentira, sobre las circunstancias de lo ocurrido. Exageraciones que alimentan temores ciudadanos y mentiras que tratan de justificar u ocultar los excesos de quienes deberían esforzarse en hacer y cumplir y, sobre todo, cumplir la ley.
En la tragedia de ayer perdieron la vida al menos nueve personas -ese es el número de cadáveres recuperados- pero podrían ser o haber sido más, porque se hizo fuego real o ficticio, con proyectiles de plomo o de goma, contra seres humanos asustados que, en algunos casos, se enfrentaban por primera vez y en pleno invierno a las frías y revueltas aguas del mar. Desde el gobierno se insiste en que sólo hubo disparos de fogueo y en que sólo se lanzaron pelotas de goma, pero no a las personas. Y lo dicen para desmentir o esquivar las acusaciones de haber disparado a las cámaras de neumáticos que los «asaltantes» que no sabían nadar usaron como flotadores, flotadores inexistentes, según los corifeos del ministro y compañía, pese a que pueden verse en las fotos de la escena.
Y mientras, la Europa que impone la política económica y monetaria, la que legisla, y no niego que lo haga con razón, sobre el espacio vital de las gallinas, mira para otro lado y únicamente se limita a las buenas palabras y a las vagas promesas, cuando alguno de estos sobresaltos ocurrido a las puertas del territorio de sus socios del sur les despierta de su plácido sueño de opulencia.
Pero esa no es más que la política del avestruz, porque, mientras no se ayude a que los países de los que proceden las víctimas prosperen en democracia, trabajo y riqueza, los sobresaltos y el progreso del radicalismo en África se sucederán cada vez con más frecuencia.

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